
Una noche de invierno, al quitarme los calcetines, vi mis piernas tan secas que parecían escamas. Fue un momento de esos de 'tierra, trágame'. Los geles de supermercado, por muy 'cremosos' que dijeran ser en la etiqueta, ya no eran suficientes para mi piel de treintañera que parece protestar con cada cambio de estación. Sentía esa tirantez insoportable que te hace querer rascarte hasta los codos.
Esa misma noche, sentada en el sofá, decidí volver a lo básico. Recordé el jabón de Castilla que hacía mi abuela, aquel bloque blanco y humilde que servía para todo, pero dándole mi propio giro. No quería un jabón de limpieza profunda para la ropa; quería algo que abrazara mi piel seca. Así que, entre finales del invierno pasado y principios de este verano, me puse manos a la obra en mi cocina para perfeccionar la receta definitiva para pieles atópicas y sedientas.
El mito del sobreengrasado y la sencillez del aceite de oliva
Cuando empiezas en esto de la saponificación, te bombardean con fórmulas de diez aceites distintos. Que si coco para la espuma, que si manteca de cacao para la dureza... Pero para la piel muy seca, el rey absoluto sigue siendo el aceite de oliva virgen extra. Es puro oro líquido que tenemos a mano en cualquier despensa española.
Sin embargo, aquí viene mi primer 'tropiezo' convertido en lección. He visto en muchos sitios que para la piel seca hay que subir el sobreengrasado (ese aceite extra que no reacciona con la sosa) hasta niveles exagerados, como un 15%. Yo lo intenté y fue un desastre. El exceso de sobreengrasado en jabones de oliva para pieles secas puede ser contraproducente, ya que el aceite libre no saponificado se oxida rápido en el bloque y acaba causando irritación o un olor a rancio que no hay quien aguante. Al final, lo que buscamos es equilibrio, no una barra de aceite líquida que se deshace en la jabonera.
Lo que necesitas tener sobre la encimera
Para esta receta, no hace falta que te compliques la vida. Yo uso el aceite de oliva que compro para las ensaladas, nada de aceites refinados industriales que han perdido toda su gracia. Eso sí, asegúrate de que tus 'cachivaches' de cocina sean de acero inoxidable o cristal; nada de aluminio, que la sosa se lo come y te arruina el invento.
- Aceite de Oliva Virgen Extra: El protagonista absoluto.
- Sosa cáustica (Hidróxido de Sodio): Imprescindible que sea de una pureza mínima recomendada del 99%. Si compras una del 80% con aditivos para desatascar tuberías, el jabón no saldrá bien y te arriesgas a quemarte la piel.
- Agua destilada: Para que no haya minerales raros interfiriendo en la química.
Si tienes dudas sobre algún término técnico de los que menciono, siempre puedes echar un vistazo a mi glosario de ingredientes de cosmética natural casera, donde explico estas cosas sin palabras raras de laboratorio. Para este jabón, el dato clave que anoté en mi cuaderno es el índice de saponificación del aceite de oliva (NaOH), que es de 0.134. Este número es el que nos dice cuánta sosa necesitamos exactamente para que el aceite se convierta en jabón.
El proceso: Un domingo de marzo entre vapores y natillas
Recuerdo perfectamente un domingo por la tarde el pasado marzo. Hacía un frío que pelaba fuera, así que cerré la puerta de la cocina (lejos de niños y perros, por favor) y abrí la ventana de par en par para ventilar. El proceso es lento, casi como un ritual de meditación, si no fuera por el miedo inicial que da manejar la sosa.
Primero, mezclé la sosa con el agua. Siempre la sosa sobre el agua, nunca al revés, o tendrás un volcán en la cocina. Los vapores que suelta son fuertes; yo uso mascarilla y gafas de seguridad porque una vez me saltó una gotita y pica como los demonios. Cuando la mezcla se volvió transparente y perdió temperatura, la vertí sobre el aceite de oliva.
Aquí es donde entra en juego la batidora. No hace falta estar horas dándole a la cuchara de madera como hacían nuestras abuelas. Empiezas a batir y ves cómo el aceite dorado empieza a cambiar. Hay un momento mágico, el momento en que la mezcla de aceite y sosa espesa hasta parecer una natilla densa y dorada. Eso es lo que llamamos 'la traza'. Si levantas el brazo de la batidora y el chorro que cae deja dibujo sobre la superficie, ya lo tienes.
El error que casi me hace tirar la toalla
En uno de mis primeros intentos con esta receta, me puse nerviosa porque la traza no llegaba. Batí tanto que la mezcla se calentó de más y empezó a separarse, quedando un líquido aceitoso arriba y un mazacote abajo. Si te pasa, no entres en pánico. A veces, simplemente dejando reposar la mezcla diez minutos y volviendo a batir suavemente con una espátula, se arregla. El jabón de oliva es 'perezoso', tarda más en trazar que otros aceites, así que ten paciencia.
Para potenciar el efecto hidratante en invierno, suelo complementar mi rutina con una manteca corporal casera para piel muy seca después del baño, pero el jabón es la base fundamental para no empezar el día ya con la piel irritada.
La paciencia del curado: 40 días de espera
Una vez que tienes esa 'natilla' en los moldes (yo uso moldes de silicona de repostería, son los más fáciles de desmoldar), viene lo más difícil: esperar. El tiempo mínimo de curado para jabón 100% oliva es de 40 días. No es un capricho. Durante este tiempo, el agua se evapora, el jabón se endurece y, lo más importante, el pH se estabiliza. Si lo usas antes, te va a picar porque la sosa aún no ha terminado de 'hacer las paces' con el aceite.
Dejé mis pastillas en un estante oscuro y seco de la despensa. A mediados de mayo, por fin, llegó el momento de probarlo. Para entonces, el color había pasado de ese amarillo verdoso a un tono crema suave y elegante.
La prueba de fuego: Adiós a los picores
La primera vez que lo usé en la ducha, me sorprendió. No esperes una espuma gigante tipo anuncio de televisión; el jabón de oliva puro hace una espuma pequeña, muy cremosa, casi como una leche limpiadora. Pero lo mejor fue al salir. Esa sensación de alivio inmediato al salir de la ducha sin sentir la piel tirante ni picor en los codos fue la confirmación de que todo el trabajo había valido la pena.
Incluso he empezado a usarlo para lavarme las manos constantemente (ahora que estamos todo el día con geles hidroalcohólicos) y mis cutículas ya no se agrietan. Es increíble cómo un solo ingrediente de nuestra tierra puede superar a fórmulas complejas de farmacia para la piel atópica.
Si te animas a probar, recuerda que cada piel es un mundo. Yo siempre recomiendo hacer una pequeña prueba en la parte interna del brazo antes de lanzarte a usarlo por todo el cuerpo. Y si te sobra un poco de aceite de oliva y te apetece seguir experimentando, hace poco escribí sobre una receta de mascarilla capilar casera para pelo seco que usa una base similar y deja el pelo increíble después de tanto sol este verano.
Hacer tu propio jabón no es solo ahorrar o evitar químicos raros; es recuperar el control sobre lo que toca tu cuerpo. Es saber que lo que te estás poniendo en la piel lo podrías haber usado literalmente para aliñar la cena. Y esa tranquilidad, para alguien con la piel tan sensible como la mía, no tiene precio.