
Hacer cosmética natural para tu propia piel y hacer cosmética natural con intención de negocio son, delante de la ley, dos actividades completamente distintas, aunque el bote que sale de tu cocina sea idéntico en los dos casos. La legalidad cosmética no mira la receta, mira quién se la lleva a casa: si eres tú, tu prima o esa vecina a la que le regalas un tarro, la normativa apenas se entera de que existes; si es una desconocida que te paga por él, entras en un terreno con reglas propias, y ahí es donde quiero pararme hoy, porque confundir los dos lados es la manera más rápida de meterte en un lío gordo con un simple emprendimiento artesanal.
La idea de que alguien pagara por mis potingues se me plantó viendo los puestos del Mercado de San Miguel en Madrid, con esos botes de cremas artesanas colocados como joyas bajo la luz de las vitrinas. Antes de eso, mi relación con el cuidado de la piel había sido una sucesión de rutinas de diez pasos que me robaban veinte minutos cada noche y me dejaban la cara más irritada que al empezar; harta de eso, me puse a formular yo misma en la cocina de un piso de alquiler en Las Fuentes, Zaragoza, con una báscula que se lo piensa mucho antes de marcar nada por debajo de los cinco gramos y una mancha de aceite de argán en la encimera que ya no sale ni frotando. Ahí sigo haciendo cremas, bálsamos y jabones para mí, sin pedir permiso a nadie, pero vender es otra frontera y hay que conocerla antes de cruzarla.
Hace poco Haizea Eceiza, una lectora que suele escribirme con preguntas muy concretas sobre tiempos de curado y temperaturas de vertido cuando hace jabón en casa, me lanzó una distinta: "¿Y si quisiera vender esto?". Esa pregunta es la que de verdad separa dos mundos, y merece una respuesta con calma en vez de un consejo suelto en un comentario.
Para ti y para una desconocida no es la misma crema, legalmente
Para usarla tú, tu familia o esa vecina que confía en ti no hace falta ningún papeleo. Si haces una crema con una emulsión básica como la de mi primera crema hidratante natural, lo único que pide el sentido común es probarla antes en la cara interna del brazo y esperar un día antes de untártela por toda la cara, igual que hago yo con cualquier aceite vegetal nuevo que entra en mi cocina. Ese hueco, fabricar para consumo propio o para regalar sin que el dinero entre en la ecuación, es el que ocupa casi toda mi despensa de tarros: el bálsamo de labios con su cera bien calculada, el jabón que dejo curar en el estante metálico, el champú sólido que noto nada más salir de la ducha, con el pelo cayendo suave y sin ese tacto a cartón que dejan los champús sólidos mal ajustados, y la manteca corporal sin conservante que hago en tandas pequeñas porque un bote que se queda meses en el armario acaba oliendo raro y sacando motitas blancas por encima. Nada de eso pide Persona Responsable ni notificación en ningún registro europeo, porque nadie más que yo asume el riesgo.
¿Qué pide la ley en el momento en que cobras por un bote?
En el instante en que alguien te paga, aunque sea por un solo bote, ese producto pasa a estar bajo el Reglamento (CE) nº 1223/2009, el marco que regula la cosmética en toda la Unión Europea. Ese reglamento exige que la fabricación siga las Buenas Prácticas de Fabricación, recogidas en la norma ISO 22716: suelos y paredes que se puedan lavar de verdad, aire controlado, un registro de cada lote. Mi cocina de Las Fuentes cumple perfectamente para hacerme la vida más bonita a mí, pero no pasaría ni de lejos una inspección de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, y ahí está la primera gran diferencia entre las dos cocinas: la mía, con el vapor de la cera derritiéndose escapando hacia el patio interior por el resquicio que dejo siempre en la ventana, y un obrador homologado que nunca vas a montar en un piso de alquiler.
Buscar un laboratorio y una Persona Responsable que firme por ti
Si no tienes ese obrador, la salida habitual es llevar tu fórmula a un laboratorio que fabrique para terceros, algo parecido a llevarle tu receta a una cocina profesional para que la ejecuten con las garantías que a ti te faltan. Pero el laboratorio solo pone la maquinaria: hace falta además una Persona Responsable, casi siempre farmacéutica, química o bióloga, que firme que tu fórmula es segura antes de que salga de allí. Cuando ajusté los porcentajes de aceites esenciales después de lo que aprendí al hacer serum facial casero para piel seca, lo hice pensando solo en mi propia piel; para vender, esos mismos porcentajes hay que someterlos a una evaluación de seguridad de verdad, y el bote tiene que llevar cada ingrediente escrito en su nomenclatura INCI, no en el lenguaje de estar por casa que uso yo en mis cuadernos.
Lo que exige la legalidad cosmética antes de que el bote salga de tu cocina
Antes de subir nada a ningún registro, el producto tiene que superar pruebas de estabilidad: literalmente lo meten en una estufa que simula el paso del tiempo para comprobar si se separa, si cambia de pH o si le salen bichos dentro del bote. Solo cuando esos resultados están limpios y la Persona Responsable da el visto bueno se notifica el producto en el CPNP, el Portal de Notificación de Productos Cosméticos, un trámite gratuito pero obligatorio antes de que el primer bote cambie de manos por dinero.
Hace falta, además, un expediente que tienes que poder enseñar si Sanidad llama a la puerta: la fórmula exacta con sus cantidades, no el "un chorrito de aceite" que apunto yo en mis notas; las especificaciones físico-químicas y microbiológicas; la evaluación de seguridad firmada por un experto; y las pruebas de compatibilidad con el envase. Pienso mucho en mi vecina Bibiana Merino cuando leo esa parte: tiene la piel mixta y se le irrita con el alcohol en cualquier concentración, así que si algún día uno de mis tónicos sale de mi cocina hacia el bolso de una desconocida, quiero que ese expediente exista de verdad, no solo mi palabra de que a mí nunca me ha dado ningún problema.
Decidir en qué lado del mostrador te quedas
No hace falta resolver esto en un solo día. Si lo que quieres es seguir sustituyendo lo que compras en el súper por lo que sale de tu propia cocina, para ti y para tu gente cercana, sin que el dinero entre en la ecuación, quédate en ese lado: sigue afinando fórmulas, prueba cada ingrediente nuevo en un trocito de piel antes de llevarlo a la cara, y disfruta de que ahí la ley te deja tranquila. Pero si lo que te ronda es cruzar al otro lado, el de una desconocida pagando por tu bálsamo, entonces el orden importa: primero un laboratorio y una Persona Responsable que respalden la fórmula, después la evaluación de seguridad y la notificación en el CPNP, y solo con todo eso resuelto tiene sentido pensar en lo que viene después. Yo sigo, de momento, firmemente plantada en el lado de mi cocina de Las Fuentes, con la báscula caprichosa, los tarros con su etiqueta hecha a mano y la satisfacción de saber que lo que unto en mi propia piel no le debe explicaciones a nadie más que a mí misma.